DOPOOLITEIA.

Acerca de la palabra que nos libera y nos gobierna.

Poemario - 2022

¿Cuántas

lecciones

oraciones

sanciones

ejecuciones

revoluciones

palabras

serían necesarias

para que desaparezca el mal del mundo?


¿Te preguntas acaso para qué sirve la poesía?


Para qué la poesía

si no puede reunir

el soplo que te da vida

con el halito que te dará eternidad.

Y en el medio tú, sembrando en el tiempo

las huellas de tu existencia.


¿Para que la poesía? Es una pregunta válida o tal vez no lo sea. Quizás sería como preguntarse: ¿para qué el agua, para qué el aire, para qué el sol, para qué la Luna, para qué la sombra que nos sigue al atardecer, para que las rodillas enrojecidas por hincarse ante la nada, para qué la pasión con que se ama?

Desde sus orígenes, la palabra se hizo un instrumento eficaz para compartir el alimento, para reunir al grupo, para avisar de los peligros, para recorrer la tierra, para acercar la divinidad al espíritu y luego, más adelante, para darle razón a la realidad y realidad a la razón.

Y la palabra se hizo poesía y la poesía se ha tejido, extendiéndose más allá de los límites del lenguaje. Cubriéndolo todo de visceralidad, de monotonía, de crispación, de urgencia, de cotidianeidad, de trascendencia, de ambición ajena...

Para qué entonces la poesía. Acaso para dibujar un sueño, para pintar una flor, para remitir un sentimiento, para desbocar una pasión, para expeler miedo, provocar tristeza, odio, placer, lujuria, compasión.

¿Para decir de otra manera lo que antes se dijo o lo que luego se seguirá diciendo por igual?

Como, por ejemplo, hacer del verso una arenga, un grito desaforado, un reclamo, una protesta que quiere escapar, en medio de las paredes doradas con que se encierra a la voz. Levantarse un día y salir a caminar sobre los destellos de su liberación.


Hoy me dieron ganas de tomar la palabra

y estirarla hasta el cielo cual un largo palo de asta,

para poner mis sueños en la punta, como bandera,

y andar con ella por las calles de mi ciudad,

flameándola sin descanso por encima de las casas,

y extendiéndola, como una inmensa nube,

para dejar llover sobre mi gente esperanzas

e inundar sus ojos de ilusiones sensatas.

Hoy me dieron ganas de comenzar a caminar

para rodar por los bordes de la ciudad

y cambiar de nombre a las calles y plazas,

dibujar ventanas en las paredes,

regar verde sobre la tierra seca

y dejar preguntas en las esquinas,

que los niños puedan llevar consigo

a donde alguien les pueda contestar.

Hoy me dieron ganas de subir a la montaña

para tratar de alcanzar los bordes de mi ciudad,

con la mirada, con mi voz, con mis brazos abiertos.

Y creer que allá abajo hay un cuerpo diverso

que cada mañana se levanta para llenar sus horas

con grandes sorbos de colorida ilusión,

pero, alguien ha golpeado mi espalda y ha gritado

que no puedo estar ahí y que vuelva a mi lugar.

Hoy me dieron ganas de llover furias sobre la ciudad.


Se dirá que es más de lo mismo, que ya se ha dicho tantas veces la palabra revolución, que se repite hasta el cansancio la palabra libertad, que se le espeta a los corruptos su condición vil, que se denuncia al explotador, al maltratador y al que no tiene freno para su ambición. Que también se expone al obsecuente, al sumiso, al traidor, y al que sirve al miserable que nos mata.

Pero no hay suficiente queja si no hay suficiente pena que la reclame. Por ello es que, mientras existan voces que someten y acallan el lamento, la palabra necesitará ser dicha en voz alta para derribar las barreras, romper las cadenas y quebrar la voluntad del que a diario nos daña.

Entonces, para qué la poesía si no puede servir al cambio.


Callará la poesía

cuando ya no tenga palabras

para decirle al viento

que trae historias

y se lleva los sueños.


Para qué la poesía sino puede remover los cimientos de los palacios, derruir las columnas más altas y más robustas y no dejar en pie a nadie que pretenda estar por encima de los demás.

Para qué la poesía si no puede decirle a la gente que hay esperanza, pero antes debe alzar la mirada y escuchar aquello que brota de su corazón y quiere conocer su mente.

Para qué la poesía si no puede provocarse a sí misma, buscando extender la palabra a donde no lleguen nuestras manos, donde no puedan transitar nuestros pies.


No es tiempo de poesía, me dicen, cuando la palabra es rota

por la mano abusiva del opresor.

No es tiempo de cantar al viento coplas de inútil lamento me dicen,

cuando el suelo está temblando por las pisadas del usurpador.

Pero siempre será el tiempo

para los que no esperan que el miedo ablande su voz.

Precisamente ahora es cuando la palabra se hace más fuerte

y el opresor tiembla al oírla por encima de los lamentos.

Hoy que la noche se hace fría, los simples de corazón rezan

y los confusos de mente asesinan con su indiferencia,

la poesía me dice cosas que ni un fusil podría decir:

más fuerte, más contundente.

En los bordes de la ciudad un niño espera su futuro,

de la mano de quienes aún no conocen la libertad,

ni la poesía ni la verdad.


Poetas, hagan de su país el mejor lugar para escribir poesía. La que canta a la vida, la que llora la muerte, la que sufre el abandono, la que celebra el amor, la que enfrenta al miserable opresor, la que busca las palabras que se le cayeron al temeroso poblador, la que no le teme a la bala que carga el odio, la que descubre cada día el silencio para reflexionar, la que no sabe callar, la que siembra esperanzas, la que se dirá cuando logre amanecer.


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