En las elecciones presidenciales de junio, los simpatizantes de izquierda apoyaron a un candidato afecto a la derecha, porque representaba la oposición a una candidata abiertamente identificada con la corrupción y con la dictadura de su padre. De no haberse producido la presencia del factor Fujimori, no cabe duda que la izquierda hubiese preferido votar viciado o apoyar a un candidato de centro, pero las circunstancias llevaron a los simpatizantes y militantes de la mayoría de partidos de izquierda a realizar un antivoto, que le dio el triunfo a PPK.

Pues bien, haciéndose eco de la campaña mediática contra el presidente de Venezuela (que se remonta a la época en que gobernaba Chávez), un grupo de congresistas, de partidos de centro, de derecha y del APRA,  le pidió a la bancada de izquierda del Congreso, que firme una moción de "solidaridad con el pueblo venezolano" que expresaba su rechazo al gobierno del presidente Nicolás Maduro y una velada acusación de dictador a este pintoresco mandatario,  no obstante que fue elegido en un proceso democrático (tan viciado como el nuestro, pero no menos democrático); con lo cual la izquierda peruana habría realizado un tácito apoyo a la oposición venezolana, dominada por la derecha y por el empresariado liberal.

Ante tanta presión, el Frente Amplio decidió presentar su propia moción, que tampoco fue del agrado de los grupos conjurados contra el "chavismo", sea porque no realizó un expreso rechazo a Maduro, o porque de uno u otra manera había que poner en evidencia a la izquierda, de ser simpatizante y hasta de estar financiada por el tal "chavismo" o, en este caso  por el "madurismo", si cabe el término.

Pero, más allá que (contrariamente a lo que señala Mario Vargas LLosa en un último artículo) no debería comprometer al Congreso peruano la política interna de otros países, menos aún cuando se trata de regímenes democráticos que poseen mecanismos internos de consulta y revocatoria, que el pueblo venezolano debe activar; cabe preguntarse si, por convicción o por cálculo político, convino que la izquierda peruana suscribiese la aludida moción alternativa. Más aún, cuando parece que el cargamontón puede surtir efecto y sacar a Maduro del poder o desangrar al país en una lucha interna que no deseamos. Con lo cual, en el futuro se pedirá cuentas a los que no se opusieron a Maduro (y esperamos que también a los que permitieron que el fujimorismo siga teniendo poder, más poder).

Por otro lado, resulta inevitable realizar la comparación entre Maduro y Keiko Fujimori, y preguntarse por qué, si a la izquierda le resultó reprobable la candidatura de la hija del ex dictador, no reprocha a este otro "dictador", aupándose al cargamontón. Pero hay consideraciones de fondo que se deben tomar en cuenta antes de lapidar al Frente Amplio por no firmar la hojita que se le puso al frente y preparar su propia moción una tanto más tibia (al menos a los ojos de sus detractores, que reunidos en torno a un plato, han emulado a los animalitos del santo moreno).

Y es que, no se trata de asuntos de política interna, sino de política internacional, que competen al Estado, y aunque la izquierda siempre se caracterizó por ser solidaria (e intervencionista) con los pueblos que sufren la opresión de las dictaduras, ahora tendría al frente a una dictadura de izquierda o socialistoide; lo cual les produce cierto pudor compañeril que no están dispuestos a soslayar.

Por otro lado, mantienen sus fundadas dudas sobre la situación interna de Venezuela, cuya crisis ha sido sobredimensionada por los medios afines a la oposición, en todo el mundo, tal como en su momento se hizo con cada país que se atrevió a ponerse a la izquierda de lo que se considera aceptable por los guardianes del sistema liberal. Por cierto, sólo en materia económica, porque no importa que China, los países árabes o los reinos y estados del sudeste asiático estén gobernados por dictaduras, con tal que mantengan su economía liberal.

Otro asunto que la izquierda peruana ha considerado es que, al firmar la moción de los “demócratas”, no sólo le estarían haciendo el juego a la derecha venezolana, sino a los parlamentarios nacionales que se reúnen en torno a un sistema que, en lo político y en lo económico es ajeno a sus ideales. Para ser más exacto, no se quieren “juntar con la chusma”. En el entendido que ellos son los adalides de la nueva política peruana.

Finalmente, el tema venezolano es uno más de los que afecta a Latinoamérica, y colocándolo en su real dimensión, se emparenta con la crisis brasileña que ha puesto en el poder a una agrupación usurpadora y corrupta; con la crisis mexicana que se debate en medio de un narcoestado; con la crisis centroamericana, de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, donde hay un gran déficit en la lucha por hacer prevalecer los DD. HH. Pero como estos países centroamericanos no tienen petróleo, al parecer no importan mucho sus muertos. 

Y finalmente está el tema cubano, que, al haber dado un giro en su política interna y encontrarse en coqueteos con USA, ya no es la comidilla de la prensa liberal. Ahora ya no hay hambre ni prostitución en la Isla, que interese al resto de Latinoamérica, eso es menos importante frente a la posibilidad que Cuba se abra al libre mercado.

Cosas de nuestra política criolla a la que seguirá preocupando más la crisis venezolana que la miseria acentuada por el friaje en Puno, que contrasta con la riqueza del contrabando que PPK está dispuesto a tolerar. Política nacional a la que no interesa el accionar de los mineros ilegales de oro de Madre de Dios, que ocasionan la explotación infantil y la trata de adolescentes para la prostitución. Política nacional a la que no interesa la tragedia que ocasionan los derrames de petróleo, la contaminación de la minería ilegal y la tala ilegal de bosques a nuestros compatriotas de las comunidades indígenas y originarias de la selva peruana.

Más ahora que Enrique Capriles, esa suerte de "estrella revolucionaria latinoamericana" está en Lima, cual representante de un Estado en el exilio, y pronto tendrá audiencia con PPK, Luz Salgado y participará en todos los programas políticos, con una atención que no tienen nuestros líderes locales, como el pobre Gregorio Santos, que lucha contra el hambre, la miseria y la explotación de una región peruana llamada Cajamarca, que no tiene representantes legítimos en el Parlamento.

Un tema para reflexionar y seguir reflexionando, aunque más de uno dirá que ya todo está dicho.