Es un lugar común decir que Fujimori nos salvó, eliminando al terrorismo, dándole estabilidad económica al Perú y liquidando a la clase política tradicional.

Pero la lucha contra la subversión no se debió al liderazgo de Fujimori, ni siquiera al de Montesinos, que “cogobernó” el país con el acompañamiento de Keiko (quien de alguna manera hizo sus pinitos en ese ambiente funesto); sino de militares y policías que llevaron a cabo una lucha de tierra arrasada y represión indiscriminada, combatiendo terror con terror. En esa lucha, por supuesto que hubo conductas acordes con el Estado de Derecho, pero no fueron las que más destacaron, de ahí que el pasivo principal del fujimorismo sea precisamente la violación sistemática de los derechos humanos de miles de ciudadanos que aún esperan una respuesta, siquiera un gesto de los actores de aquella lucha, manchada por el desprecio a la vida y el cinismo de los que condujeron la represión contra el brutal senderismo;  a los que debió distinguir, desde el Estado, un trato acorde con las normas y los principios más elementales que sustentan a la civilización, lo que precisamente los hubiera distinguido de las hordas senderistas que el pueblo derrotó. 

La tan mentada estabilidad económica fujimorista (que tiene base jurídica en su constitución económica de corte neoliberal, que el fallecido Torres y Torres Lara denominó: liberalismo social), tuvo como fin privatizarlo todo, rematando los bienes del Estado, y entregando el país a los oligopolios expoliadores de nuestras materias primas, cuya bonanza, en las frías estadísticas, nos ha dado la falsa ilusión de bienestar y crecimiento, cuando el nuestro es uno de los países con mayor desigualdad económica del mundo. Este modelo no permitió el desarrollo de una industria transformadora, porque en los proyectos ello era lo menos previsible. Antes bien, el lucro por el lucro mismo. 

Así visto, el cambio se dio en la perspectiva de un modelo que debía generar "chorreo", por efecto de la inversión extranjera en la explotación de nuestras materias primas, pero la expansión de nuestra economía es algo que no se ha producido de la manera esperada por los economistas (que se plegaron a las conclusiones del “Informe Mundial” producido por el Banco Mundial en 1991), debido a la incapacidad, inercia o excesiva prudencia de los gobiernos sucesivos y porque la subsidiariedad del Estado no ha sido eficaz. Cabe añadir que, en este despropósito la corrupción ha tenido su parte de culpa, y esa corrupción nos regresa al fujimorismo.

Y de verdad, el padre de keiko (del que la candidata gusta marcar distancia, pero al que alude cuando le conviene, cada vez que dice “nosotros” o “hemos”, refiriéndose al gobierno del cual ella fue “primera dama”) no sólo liquidó a la clase política peruana (que ya venía en caída libre), sino a todo el sistema político, por muchas décadas, sin crear o promover la creación de uno nuevo, basado en el Estado de Derecho. Su obra fue reemplazar a esa clase política por una banda delincuencial que, en el Congreso, en el Ejecutivo y en el Poder Judicial, aupada sobre esos aparentes éxitos, se dedicó a mentirle y robarle al país, organizando un sistema mafioso, en torno a Montesinos (que aprovecho lo que antes era un disperso mecanismo de extorsión y prebendas), para obtener dinero de empresarios y delincuentes (narcotraficantes, contrabandistas, mineros ilegales, tratantes de personas, etc.) que le ha permitido a la familia Fujimori vivir por décadas sin trabajar, y hoy le permite a la agrupación política del protervo Fujimori tener fondos, que sigue incrementando con el aporte de nuevos delincuentes.

Porque si algo logró Fujimori y el Fujimorismo es reunir a todo lo peor del país y seguir siendo un imán para el lumpen y la delincuencia, desde las bases, hasta la cúpula. 

Quienes quieren ver en el fujimorismo una organización que articula las expectativas de un Perú informal y emergente, de un país donde la ausencia del Estado no impide el desarrollo de actividades económicas y sociales, llevando la voz de ese país y liderando sus reclamos, olvida que ese país sufre de males profundos, expresados en una cultura híbrida, que precisamente el fujimorismo inoculó en los 90, o dejó que se extienda, y los gobiernos sucesivos no pudieron ayudar a superar, pudiendo generar cambios desde la educación, que lamentablemente no se produjeron aún; situación que esta organización no prevé cambiar, pues el espacio que aparentemente adopta, de partido del pueblo, sólo es una pose electoral; no hay indicios que nos permitan concluir que el fujimorismo hará la gran reforma, que en los 90 fue un bluff, y ahora no será menos fraudulenta.

Mención aparte merecen los líderes del fujimorismo, que se articulan en torno a un caudillismo en el encierro, que desde el penal de la DIROES mueve los hilos. Liderazgo que se sustenta en un legado de mentiras, como ha sido frecuente en nuestra historia, y se rodea de delincuentes, cuando no lo son ellos mismos: 6 parlamentarios del Congreso saliente denunciados, cuyas investigaciones internas han sido permanentemente bloqueadas, y 5 investigados por lavados de activos, que acaban de recibir sus credenciales y con ello una patente de corso.

La corrupción, como se aprecia en el libro “Historia de la Corrupción en el Perú” del extinto historiador Alfonso Quiroz Norris (IEP, 2013), es un mal casi endémico en nuestro territorio, pero lo que fue parte de una cultura en la sombra, el fujimorismo potencio a niveles estratosféricos, al punto de hacerlo hoy una marca distintiva de nuestra sociedad, que es el “logro” más importante del fujimorismo y que, valgan verdades, los gobiernos posteriores no contribuyeron a erradicar. Siendo así, podemos señalar, sin temor a equivocarnos que el fujimorismo, en el balance, ha resultado peor que el mismo Sendero Luminoso, que ya es decir bastante.

NO hay razón alguna pues que permita creer que la hija de Alberto Fujimori, estando vivos y activos todos los actores del gobierno de su padre (directamente o en la sombra), pueda realizar un gobierno honesto y capaz. Lo suyo, de ocurrir, será una debacle mayor que la producida en los 90, y que esta vez no pasará inadvertida o incuestionada, ni siquiera por obra de los indiferentes, de los corruptos que buscarán sacar provecho del río revuelto, de los obsecuentes a los que sólo anima la prebenda y la dádiva, de los ilusos que seguirán creyendo en las mentiras elaboradas en los últimos 25 años, y de los que comparten conductas autoritarias y toleran o han hecho suya esa moral distorsionada atribuida al discurso maquiavélico. De quienes, en suma, no atisban otro futuro para el país que el de una “política de guerra”, en la que las armas y los procedimientos no importan, con tal de conseguir algo que todavía no están seguros qué es, pero que se parece a una situación similar a la producida a fines de los 90, que tampoco saben que es, pero que les han dicho que se llama bienestar. Un Estado de Bienestar que aún no conocemos porque se debe sustentar en un Estado de Derecho que aún no construimos, pero que sólo será posible dejando en el pasado todos los males decimonónicos y vigesimonónicos que el fujimorismo aún expresa y que también pueden verse en otras agrupaciones, sobre las cuales también habrá que ocuparse antes que el bicentenario nos tome del cuello y nos exija explicaciones.

¡¡¡¡¡FUJIMORI NUNCA  MÁS!!!!!